No tengas miedo



Por Laura Aguilar Ramírez

El temor es parte de nuestra vida. El temor a tantas cosas que vemos, que sentimos, que leemos.

En éstos tiempos, ése temor se ha acrecentado con tantos medios de comunicación como tenemos. Por lo tanto, el estrés, la ansiedad aumenta en la humanidad.

Es tan fácil en éste tiempo saber lo que sucede en el mundo, que nos llenamos de zozobra.

El temor es algo innato en el ser humano y es bueno porque gracias a ello, podemos prepararmos, podemos hacer frente a las dificultades. El temor agudiza nuestros sentido de defensa, pero en extremo, se convierte en miedo. Y el miedo, paraliza.

El miedo nace de la falta de confianza, en la falta de esperanza.

En la Biblia se repite 365 veces como mandato y muchas otras veces se habla del temor, del miedo a lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento.

Dios es tan maravilloso, que se anuncia antes, a través de un ángel. Dios se anuncia antes, a través de los profetas. Dios es tan maravilloso, que no nos deja sólos con nuestros temores.
Dios calma nuestros corazones agitados, con palabras dulces, llenas de esperanza.
Dios explica porqué no debemos tener miedo, a pesar de que podamos pasar tantas circunstancias que nos atemoricen.

La voz dulce de la Virgen en su advocación de Guadalupe en México, llenó a Juan Dieguito como ella le llamó de esperanza, de consuelo: No tengas miedo. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?, ¿No estás bajo mi amparo y protección?

Dios no nos dice que no vamos a pasar tribulaciones, pero sí nos asegura estar con nosotros siempre: "Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos" nos dijo a través de San Juan Pablo II recientemente, quien repitió lo que se dice en Mateo 28,16-2
"Para entrar al Reino de los Cielos debes nacer de nuevo" le dijo Jesús a Nicodemo. Ser niños, los niños amados de Dios. Los niños son confiados, confían en sus padres. Así debemos ser nosotros, como los niños que confían en su Padre.

Cuando nos damos cuenta que nuestros padres también se equivocan, nos llenamos de miedo.
Ese hombre tan fuerte, tan grande con el que nos sentíamos protegidos, de pronto, se derrumba. Esa madre tan dulce, cariñosa con la que nos sentimos protegidos, de pronto, se derrumba.
¿Entonces, en quién confiar?

Es ahí que cuando conocemos a Dios, nos damos cuenta que somos su Creación, que El nos ama, que nos creó para ser felices a su lado.

Nuestros padres, pueden fallarnos.
Nuestros hijos, pueden fallarnos.
Nuestros amigos, pueden fallarnos.
Nosotros mismos, podemos fallarnos.

Y seguramente, nos fallarán. No porque no nos amen, sino porque su amor no es  perfecto como el de Dios.  Dios ama a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos y ha sido El quien les ha dado la fortaleza.

Cuando el hombre pierde de vista a Dios, cae en la desesperanza. Cuando el hombre cifra su confianza en otro hombre, así sea su madre o su padre, se verá finalmente decepcionado.

Lo dice en su Palabra:
"Jeremías, 17 1.
5.Así habla Yavé: ¡Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal, y que aparta su corazón de Yavé! 6.Es como mata de cardo en la estepa; no sentirá cuando llegue la lluvia, pues echó sus raíces en lugares ardientes del desierto, en un solar despoblado.
7.¡Bendito el que confía en Yavé, y que en él pone su esperanza! 8.Se asemeja a un árbol plantado a la orilla del agua, y que alarga sus raíces hacia la corriente: no tiene miedo de que llegue el calor, su follaje se mantendrá verde; en año de sequía no se inquieta, ni deja de producir sus frutos."
Es por ello, que como padres debemos conducir a nuestros hijos hacia Dios, como nos pide Jesús: "Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el Reino de los cielos. Sus ángeles están más cerca del Padre"

Esto nos lleva a la Obediencia. Uno obedece a aquél en quien confía. Poner nuestra confianza en Dios es lo mejor que podemos hacer.

Cuando todos nos fallan, entonces confiamos en nosotros mismos. Creemos que saldremos adelante, sólos. Esto me sucedió a mí.
Llegó un momento en que caí desfallecida, cansada de luchar. Intenté suicidarme, porque la carga era muy pesada.

Dios salvó mi vida. Pero ¿porqué Dios salva una vida?
Para que dé frutos, para que sea testigo de su inmensa misericordia, para que no pierdan la esperanza.

Cuando uno descubre a Dios, no es casualidad. Dios siempre nos busca, sólo que estamos tan llenos de temor, que corremos despavoridos hacia cualquier parte. Corremos sin freno, hasta que caemos desfallecidos.

Recuerdo a mi padre, diciéndome en el temblor del 85. Vivíamos en el mismo terreno que él, mi esposo, mi hijo de brazos y yo.

"No tengas miedo"- me dijo  através de la pared que separaba su casa y la nuestra.
Su voz amorosa, me calmó de inmediato. Tomé a mi hijo con calma y salí al patio.
Ahí estaba él con su esposa. Nos tomó de la mano y dijo: "perdón, Señor". Yo dije sin saber ni porqué: "también a mí perdóname"

Mi padre se puso a trabajar como si nada. En ése tiempo, era mecánico.
No había agua, no había luz. Escuchábamos las noticias por el radio de pilas. Mi padre me mandó ir por agua a una toma cercana, mientras su esposa cocinaba y cuidaba de mi pequeño.

El día anterior, 19 de Septiembre, cuando sentí el movimiento de la tierra, salí disparada, me olvidé de mi hijo, choqué con un tanque, tratando de ponerme a salvo.
En el fondo de mi corazón, confiaba en mi esposo que quedó en la casa. Mi esposo estaba en la cama con mi pequeño. Lo tomó en sus brazos y salió con él.

Mi esposo se fué a su trabajo. Debía seguir la vida. Me quedaba con mi padre.

Mi padre fué mi fortaleza. El nunca me decepcionó. Nunca lo ví desesperado.
A mi padre lo ví "calmar la tormenta" cuando en un paseo a Acapulco, el camión que manejaba, lleno de personas, perdió los frenos.

Alguien se dió cuenta y empezó a gritar. La gente se apanicó, incluyendo a mi mamá. Alguien dijo: "lancen a los niños por las ventanas". Y mi madre, de inmediato nos tomó a mi hermana y a mí, dispuesta a hacerlo.

Entonces, la voz de mi padre tronó en todo el camión: "Cállense, aquí nadie se va a morir"
La voz de mi padre, era en ése momento, portentosa. Todos, de inmediato se callaron.
Mi padre salió adelante, manejando entre curvas peligrosas, en un tramo de bajada, hasta que llegó a un lugar en dónde poder parar el camión.

Mi padre nunca me falló. Siempre estuvo a nuestro lado, gracias a Dios. Ahora sé de dónde le venía ésa fortaleza: de Dios.
Mi padre no fué perfecto. Tuvo una vida difícil, pero siempre nos amó.

En la Coronilla de la Divina Miseriordia, repetimos: "Jesús, en Tí, confío". Confiar en El, es lo mejor que podemos hacer.

Aquí, algunas citas en las que aparece éste mandato:
Cuando el ángel Gabriel se apareció a María anunciándole que sería la Madre de Nuestro Salvador. (Lucas 1:26-30)

Cuando José escuchó estas palabras al saber que sería el padre terrenal de Jesús: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo” (Mateo 1,20).

Cuando Zacarías fue informado de que su esposa concebiría a su avanzada edad, “quedó desconcertado y tuvo miedo. Pero el Ángel le dijo: “No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan” (Lucas 1,12-13).

En la Transfiguración de Jesús, los discípulos cayeron al suelo abrumados por el miedo, pero “Jesús se acercó a ellos, y tocándolos, les dijo: ‘Levántense, no tengan miedo’” (Mateo 17,6-7).

En Apocalipsis 2,10, se nos anima: “No temas por lo que tendrás que padecer: mira que el demonio va a arrojar en la cárcel a algunos de ustedes para que sean puestos a prueba, y tendrán que sufrir durante diez días. Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida”.

En Deuteronomio 31,6 se nos exhorta a depositar nuestra confianza en Dios, en que no nos abandonará cuando le ponemos primero a Él en nuestra vida: “¡Sean fuertes y valientes! No tengan miedo ni tiemblen ante ellas. Porque el Señor, tu Dios, te acompaña, y él no te abandonará ni te dejará desamparado”.

En Salmos 27,1 recordamos que ninguna decepción terrenal puede destruirnos: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida, ¿ante quién temblaré?”.

En Jeremías 1,8 leemos: “No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo para librarte”, dice el Señor.

En Mateo 10,28: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena”.

Lucas 12,7 nos dice: “Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros”.

En Juan 6,20 leemos que cuando los discípulos vieron a Jesús caminando hacia ellos sobre el agua, Él les dijo: “Soy yo, no teman”.

Y en muchas otras partes de la Biblia, se repite éste mismo mandato, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Se habla del temor en muchas otras citas.

San Juan Pablo II empezó su papado con un recordatorio crucial: “¡No teman!”. Este santo de nuestros tiempos nos instaba constantemente a aceptar la paz que Cristo nos ofrece y a confiar siempre en Su amor y su misericordia.

La Virgen María en su advocación de Guadalupe en México también dijo a San Juan Diego: "No tengas miedo, ¿no estoy yo aquí, que soy tu Madre?