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La conquista de la voluntad y la educación de los sentimientos


Alfonso Aguiló
Como ha señalado Enrique Rojas, la voluntad es piedra angular del éxito en la vida, facultad capaz de impulsar la conducta y de dirigirla hacia un objetivo determinado.

La mayoría de los problemas que las personas se encuentran en la vida no se deben a una falta de información o de inteligencia, sino a una voluntad debilitada que impide poner en juego las propias capacidades.

Una voluntad fuerte es un elemento imprescindible en la búsqueda de la felicidad. Y muchas personas carecen de esa fuerza de voluntad porque han sido educadas en un clima de permisivismo. Y muchas veces ese permisivismo se ha originado por un mal entendido sentido de la libertad y la tolerancia.

—¿Eres partidario entonces de una educación muy exigente, recia, muy basada en el cumplimiento del deber y con pocas concesiones al sentimiento?

Soy partidario de la exigencia, de la reciedumbre, de cumplir los propios deberes. También de no caer en el sentimentalismo, en el sentido peyorativo de la palabra. En cambio, soy muy partidario de una correcta educación de los sentimientos, que es extremadamente necesaria.

—¿Cómo estableces ese matiz diferenciador entre sentimientos y sentimentalismo?

Hay que educar enseñando a esforzarse día a día en hacer lo que uno entiende que debe hacer, aprovechar el tiempo, sacar partido a los propios talentos, procurar vencer los defectos del propio carácter, buscar siempre hacer algo más por las personas que están a nuestro alrededor, mantener una relación cordial con todos, etc. Pero todo eso es muy difícil sin una motivación, puesto que la voluntad mejor dispuesta es la más motivada, y en la motivación está la clave de la educación de los sentimientos.

Hay que buscar que coincidan los juicios del propio sentimiento con la verdad moral y los valores en los que uno quiere educar.

Como señaló Jaime Balmes, el corazón es un poderoso resorte que despliega y multiplica las facultades del hombre: cuando va por el camino de la verdad y del bien, los sentimientos nobles y puros contribuyen a darle fuerza y brío; pero los sentimientos innobles, o depravados, pueden acabar extraviando al entendimiento más recto.

La persona motivada –continúo glosando ideas de Enrique Rojas– ve la meta como algo grande y positivo que puede conseguir. En cambio, desde la indiferencia no se puede cultivar la voluntad.

El hombre ilusionado sabe lo que quiere y adónde va, está siempre en vela y no se desmorona. Incluso en los peores momentos, siempre hay un rescoldo de esperanza bajo las cenizas. Ahí se apoya esa capacidad de volver a empezar, que hace grandes a las personas.

Para mantener fuerte y bien dispuesta la voluntad que precisa para lograrlo, es esencial ejercitarse en pequeños vencimientos, aunque no reporten ningún beneficio inmediato. En esos vencimientos hay entrenamiento y aprendizaje. Hay que batirse con uno mismo, porque el enemigo principal habita en nuestro interior y tiene diversos nombres: pereza, apatía, orgullo, búsqueda desenfocada de comodidad, falta de visión de futuro de uno mismo, egoísmo, etc.
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