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Ojos y mirar ingenuos

Juan Manuel Roca
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En cierta ocasión preguntaron los discípulos a Jesús: ¿Quién será el mayor en el reino de los cielos? Y Jesús, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos, y les respondió: "En verdad os digo que, si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino" (Mt XVIII, 1-3). Hace tiempo leí un libro titulado "El rostro de la mañana", de Ernesto Juliá, y me parecen muy luminosas algunas ideas allí contenidas para seguir profundizando en nuestro tema.

Un camino seguro que prepara al hombre para enterrar la lógica del poder y del placer y le permite saborear la belleza del amor de Dios a los hombres y del gozo que comporta una vida santamente vivida, es disponer de unos ojos y un mirar ingenuos.

La ingenuidad es esa condición del ser humano que nos permite gozar de la creación y de las criaturas en verdadera libertad de espíritu. La buena fe, el candor en lo que se hace o se dice es como un reflejo del candor de Dios cuando, al contemplar su obra creadora, según nos dice la Escritura, "vio que todo era bueno".

Sólo un ingenuo goza contemplando la bondad encerrada en el corazón humano y la bondad infinita que alberga el corazón de Dios cuando llama a una entrega total a su servicio. Sólo un ingenuo, una persona sin resabios, es capaz de cometer la locura de amar con el mismo corazón con que Dios nos ama. Sin esa buena fe es imposible hacer un servicio a los demás, pues se nos llenará la cabeza de consideraciones sobre lo que pensarán de nosotros. Si desaparece la ingenuidad se desvanece la lozanía del vivir. La libertad de espíritu pierde las alas, se encoge, se llena de temor y el hombre no se lanza a la mayor y más apasionante aventura: ser amigo y discípulo de Cristo, llevarlo a los demás, ponerlo en la cumbre de todas las actividades.

Llaman poderosamente la atención las reacciones de algunos cuando se enteran de que alguien es capaz de entregar su vida por amor a Dios. Lo expresan muy bien las siguientes palabras: "todo el mundo aplaude a un explorador que se aventura, con peligro de su propia vida, a la búsqueda de lo desconocido... se juzga que el riesgo vale la pena y nadie considera su empresa absurda... Sin embargo ese crédito se le niega al explorador de las cosas invisibles" (G. Thibon).

Juliá declara su impresión de que, quizá, el pecado de Adán pudo ser fruto de una gran falta de ingenuidad, de querer jugar a ser astuto y sospechar de las intenciones de Dios, su creador. De tal forma se debió de oscurecer su inteligencia por esa falta de buena fe, que dudó de las intenciones de Dios, de su amor. No me parece que ande muy lejos de la verdad: de hecho nuestros primeros padres son presentados por San Ireneo como niños que quisieron "hacerse listos", echaron mano de la herencia -como el hijo pródigo- y la malgastaron.

Sólo un ingenuo es capaz de esmerarse en amar sin medida en servicio y para el bien de los demás. El ingenuo ve en la llamada de Dios un favor recibido de sus manos, una gran oportunidad, un regalo del cielo, porque entiende que "es más gozoso dar que recibir" (Hch 20, 35). Es el verdadero poseedor de la sabiduría y la santidad. De su ingenuidad sacará la energía para rectificar, corregirse y volver a empezar.

En las personas que han decidido seguir de cerca al Señor, quizá el medio principal para hacerse como niños sea no apoyar la propia vida interior en las cualidades y virtudes personales. Lo expresaba muy bien San Josemaría Escrivá cuando decía en 1972: "a temporadas, mi oración y mi mortificación es vivir continuamente en Él: ¡me abandono en Ti! Me dejo absolutamente en sus manos. Resulta duro, porque el alma pone en ejercicio las potencias que Dios nos ha dado para seguir el camino. Y llegan momentos en los que es necesario prescindir de la memoria, rendir el entendimiento, doblegar la voluntad. Resulta duro, repito, porque esa actividad del alma es lógica, como el reloj que tiene cuerda, y da necesariamente el tictac. Es a veces muy duro, ya que supone llegar a los setenta años en una infancia real: no me preocupo ni de espantarme las moscas ni de que me den el pecho. Ya lo harán. Me pongo en los brazos de mi Padre Dios, acudo a mi Madre Santa María, y confío plenamente, a pesar de la aspereza del camino" (J. Echevarría, Memoria del Beato Josemaría).

El ingenuo está dispuesto a sorprenderse cuando encuentra algo que valga la pena, a descubrir la perla preciosa y el tesoro escondido, y a dar la vida por ellos, a dejarlo y venderlo todo. El ingenuo es el bienaventurado "limpio de corazón", que agradece a Dios todo y quiere bien a todo el mundo. Su corazón no calcula: se enamora y ama. Sigue los pasos de San Juan de la Cruz que se afanaba en "poner amor, donde no hay amor, para sacar amor" o el camino de San Josemaría que soñaba con "ahogar el mal en abundancia de bien". Cuando se leen las bienaventuranzas da la impresión de que Jesucristo hace un cántico a los que saben ser ingenuos. Los que sufren, los mansos, los limpios y pobres de corazón, los mansos y pacíficos, serían considerados entonces y hoy por muchos como incapaces de entender "por dónde va la vida", cuando son los únicos que, de verdad, saben.

A Dios sólo se puede llegar de dos maneras: o siendo niño o agachándose mucho. No empinándose, sino inclinándose. No estirándose, sino empequeñeciéndose. Dios se acercó a los hombres haciéndose pequeño, Niño. ¿Podrán los hombres acercarse a Dios por distinto sendero? Dios quiere ser amado y sabe muy bien que los hombres tenemos mucha dificultad para amar nada que no podamos rodear con los brazos, por eso se hizo niño, y más aún en la Eucaristía. Qué verdad tan grande decía Bernanos cuando afirmaba que el mundo se mantiene en pie por la dulce complicidad de los santos, los poetas y los niños. Jesús nos recuerda la necesidad de tener ojos sencillos para que nuestro interior tenga luz, no se quede a oscuras (cfr. Mt 6, 22).

Venimos hablando de ojos y mirar ingenuos. Mucho tiene que ver todo esto con la pureza, como hemos recordado más arriba. Decimos que un objeto es puro cuando no tiene manchas ni adherencias, es limpio, claro, se conserva igual a sí mismo, sencillo, verdadero. La pureza del corazón, que es un regalo de Dios a los que la piden humildemente, significa que la luz de Dios puede pasar por él sin obstáculos ni opacidades. Supone estar libre de sí mismo, volar alto, no atado, ni vendido al yo. Lo contrario, la impureza, es la esclavitud del yo mezclado de impotencia y sentimiento de inferioridad, de presunciones y caprichos, con la consiguiente desesperación. El alma pura se levanta hacia Dios, Él es su medida, no el propio yo.

El hombre sencillo, el que tiene ojos y mirar ingenuos llega con facilidad a la autoconciencia de encontrarse existiendo. La situación de encontrarse existiendo, sin que uno tenga en sí mismo la razón de su origen ni la de su término, permite alcanzar una clara conciencia de que nuestra propia existencia es un don, una donación. Y puede constituirse, así, en foco que da luz y sentido a la propia vida, puesto que la encamina a estar permanentemente dispuesta a darse a sí misma en cuanto descubre el porqué y el para qué de esa existencia. Quien descubre que no existe por sí mismo tiene más facilidad para comprender que no existe para sí mismo; es más sensible al deslumbramiento que supone la llamada divina.

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