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Reina y Madre de sus queridos hijos

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
Llévanos al cielo María, haznos vivir en la tierra como quienes están de paso hacia la felicidad eterna.

Acto preparatorio:

Para dar novedad a la meditación voy a escribir una carta destinada a la Virgen María en el cielo. Una forma muy sencilla y profunda de manifestar el aprecio y cariño a una persona es a través de una carta. Lo importante no es mi carta sino la que tú escribas a María desde el fondo de tu corazón.

Objetivo que deseas lograr:

Aumentar muchísimo más mi amor y confianza en María Santísima y suscitar en mí un intenso deseo de imitarla. Entregarle mi vida, mi misión en la vida para que Ella logre un final feliz en la tierra y sobre todo en el cielo.

Petición:

Tú sí eres la Reina Madre de todos. Por eso asistir a tu coronación es asistir al triunfo de la Mujer más maravillosa, de la Reina más Santa , de la Madre más dulce que haya pisado la tierra. Concédeme ser un hijo digno de tal Madre, un súbdito leal a su Reina y un hombre o mujer semejante a ti.

Lectura: Ap. 12,1
“Una gran señal apareció en el cielo, una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”...

1. Querida y respetable señora, queridísima madre:

Sé que estoy escribiendo a la mujer más maravillosa del mundo.
Y esto me hace temblar de regocijo, de amor y de respeto.
Cuántas mujeres en el mundo, queriendo parecerse a ti,
llevan con orgullo santo el dulce nombre de María.
Cuantas iglesias dedicadas a tu nombre.

Tú eres toda amor, amor total a Dios
y amor misericordiosísimo a los hombres, tus pobres hijos.
Eres el lado misericordioso y tierno
del amor de Dios a los hombres,
como si tu fueses la especie sacramental
a través de la cual Dios se revela y se da
como ternura, amor y misericordia.

2. Estoy escribiendo una carta a la Madre de Dios:

Esa es tu grandeza incomparable.
Eres la gota de rocío que engendra a la nube
de la que Tú procedes.

Me mereces un respeto total, al considerar
que la sangre que tu hijo derramó en el Calvario
es la sangre de una mártir, es tu propia sangre;
porque Dios, tu hijo, lleva en sus venas tu sangre, María.

Pero el respeto que me mereces como Madre de Dios
se transforma en ímpetu de amor, al saber que eres mi madre|
desde Belén, desde el Calvario, y para siempre.
Y por eso después de Dios me quieres como nadie.
Yo sé que todos los amores juntos de la tierra
no igualan al que Tú tienes por mí.
Si estos es verdad, no puedo resistir la alegría tremenda
que siento dentro de mi corazón.

Pero ese amor es algo muy especial,
porque soy otro Jesús en el mundo, alter Christus.
Tú lo supiste esto antes que ningún teólogo,
desde el principio de la redención.
No puedo creer que me mires con mucho respeto.

Para ti un sacerdote es algo sagrado.
Agradezco a tu Hijo, al Niño aquél, maravilla del mundo,
que todavía contemplo reclinado en tus brazos,
su sonrisa, su caricia y su abrazo
que quedaron impresos a fuego en mi corazón para siempre.

Oh bendito Niño que nos vino a salvar.
Oh bendita Madre que nos lo trajiste.

Contigo nos han venido todas las gracias,
por voluntad de ese Niño.
Todo lo bueno y hermoso que me ha hecho,
me hace y me hará feliz, tendrá que ver contigo.
Por eso te llamamos con uno de los nombres más entrañables:
causa de nuestra alegría.

He sabido que tu Hijo dijo un día:
“Alegraos más bien de que vuestros nombres
estén escritos en el cielo”
Sí. Escritos en el cielo por tu mano, Madre amorosísima.
Cuando dijiste sí a Dios,
escribiste nuestros nombres en la lista de los redimidos.
Y esta alegría nos acompaña siempre,
porque Tú también como Jesús estás y estarás con nosotros todos los días de nuestra vida.
¡Qué hermosa es la vida contigo, junto a ti,
escuchándote, contemplando tus ojos dulcísimos
y tu sonrisa infinita!
También como a Dios, yo te quiero con todo mi corazón,
con toda mi alma y con todas mis fuerzas.

3. Sigo escribiendo mi carta a la que es puerta del cielo.

¡Cómo he soñado desde aquel día,
en que experimenté el cielo en aquella cueva,
en vivir eternamente en ese paraíso!
Junto a Dios y junto a ti, porque eso es el cielo.
La puerta de la felicidad eterna, sin fin,
tiene una llave que se llama María.
Cuando anhelo ese momento
en que tu mano purísima
me abra esa puerta del cielo eterno y feliz

Oh Madre amantísima, eres digna de todo mi amor,
por lo buena que eres,
por lo santa, santísima que eres,
la Inmaculada, la llena de gracia,
por ser mi Madre,
por lo que te debo: una deuda infinita,
porque, después de Dios, nadie me quiere tanto,
por tu encantadora sencillez.

Yo sé, Madre mía, que, después de ver a Dios,
el éxtasis más sublime del cielo será mirarte a los ojos
y escuchar que me dices: Hijo mío,
y sorprenderme a mí mismo diciendo:
Madre bendita, te quiero por toda la eternidad.

4. Oh Virgen clementísima, Madre del hijo pródigo

-Yo soy el hijo pródigo de la parábola de tu hijo-
que aprendiste de Jesús el inefable oficio de curar heridas,
consolar las penas, enjuagar las lágrimas,
suavizar todo, perdonar todo.
Perdóname todo y para siempre, oh Madre.

Bellísima reina, Madre del amor hermoso, toda hermosa eres, María.
Eres la delicia de Dios, eres la flor más bella
que ha producido la tierra.
Tu nombre es dulzura, es miel de colmena.
Dios te hizo en molde de diamantes y rubíes
y después de crearte, rompió el molde.
Le saliste hermosísima, adornada de todas las virtudes,
con sonrisa celestial...
Y cuando Él moría en la cruz, nos la regaló.
Por eso, Tú eres toda de Jesús por derecho,
y toda de nosotros por regalo.

Todo tuyo y para siempre,

Conclusión:

Asistimos hoy al desamparo de muchas madres que sufren antes de crear hijos, que siguen sufriendo al engendrarlos, y sufren mucho más al tener que educarlos, por no mencionar a las madres que suprimen a algún hijo. Todas tienen una Abogada en el cielo, que les ayuda misericordiosamente por ser ella también mujer y madre. Todas las que deseen saber cómo es, cómo ama y cómo se realiza una mujer deben mirar al cielo y contemplar a su celestial patrona e intercesora, la redentora de la mujer, de su maternidad, de su amor y de su felicidad en la tierra y en el cielo.

Oración:

El cielo es tu sitio, Virgen María. Y el cielo es también el sitio para tus hijos. No permitas que los hijos de una madre que vivió y murió de amor, vivan y mueran de hastío. Llévanos al cielo. Haznos vivir en la tierra como quienes están de paso hacia la felicidad eterna. Que dejemos pasar lo pasajero y nos aferremos a lo eterno. Amén.

Cuestionario:

1. ¿Es María Santísima para mí la más poderosa de las reinas y la más amorosa de las madres?.



BENDICIONES.
CON MUCHO CARIÑO.
MARIA LUZ CAMPOY DE INZUNZA.
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